Sobre el Paseo Triunfo de la República, en el corazón de la colonia San Lorenzo —nombre que toma del templo religioso que allí se erige—, se alza una de las construcciones más singulares y cautivadoras de la ciudad. Quienes transitan por la zona no pueden evitar volver la vista hacia su silueta redondeada, que emerge como un gigante entre las calles: el Edificio Gardié, conocido coloquialmente como «La Bola de San Lorenzo».
Su forma esférica, que evoca tanto un barquillo de nieve como un diente de león, lo ha convertido en un punto de referencia ineludible durante décadas. Pero lo que alguna vez fue un símbolo de modernidad y glamour, hoy permanece cerrado, abandonado y en silencio, a pesar de la fascinación que sigue despertando entre los juarenses.
Origen de un ícono urbano
El inmueble debe su nombre al acrónimo de sus propietarios originales: los hermanos García Dieguez, reconocidos empresarios de la localidad y fundadores de la marca «Helados Vani», que también operó bajo el nombre de Café de Europa. Fue inaugurado en 1991, bajo el diseño de los ingenieros Ricardo González, Raúl Simental y Francisco Castaño, quienes dieron forma a la visión de los hermanos: un espacio que combinara sofisticación y originalidad.
Cuentan quienes estuvieron presentes aquel día que la inauguración fue todo un acontecimiento social. Asistieron figuras como el primer obispo de la Diócesis de Ciudad Juárez, Manuel Talamás Camandari, y el doctor Carlos Ponce Torres, dos personalidades que sellaron con su presencia el carácter distinguido del lugar.
Entre nieves, dientes de león y estrellas de Hollywood
La leyenda popular sostiene que la idea original de los hermanos García Dieguez era construir un edificio que simulara una nieve gigante —no en vano eran los dueños de Helados Vani—. El techo, totalmente de cristal, contaba con aditamentos que proyectaban sombra en el interior y, al mismo tiempo, asemejaban chispas de chocolate. Otra versión apunta a que la inspiración fue un diente de león, teoría que cobra fuerza al observar la estructura interna del complejo.
El Gardié contaba con cinco medios niveles, una oficina en la cúspide y un elevador. Su primer uso fue como bar y restaurante, con un concepto de elegancia inspirado en el Hollywood clásico. Las paredes estaban decoradas con fotografías, autógrafos y prendas de artistas famosos. Entre los objetos más recordados figuraban un automóvil Ford T de 1932, así como esculturas de Clark Gable, Marilyn Monroe y Charles Chaplin.
Noches de mariachi y cabina de radio
En sus mejores épocas, el lugar tenía capacidad para 350 personas y ofrecía cocina francesa, un lujo poco común en la frontera. Además, albergó una cabina de radio desde donde se transmitía Stereomanía, una estación juvenil que marcó a toda una generación.
Los recuerdos de quienes trabajaron allí permanecen vivos en las redes sociales. En un foro de Facebook, un usuario identificado como Mariachi Ases de América rememora: «Trabajé un buen tiempo ahí, conocimos a la leyenda del boxeo mexicano Julio César Chávez. Recuerdo ver un cuadro con una servilleta que tenía una composición de puño y letra de don José Alfredo Jiménez, ropa usada en películas taquilleras y varios objetos de colección. Buenos recuerdos».
El calor, el estacionamiento y el cierre
Sin embargo, el esplendor del Gardié duró apenas unos años. Alrededor de 1995, el establecimiento cerró sus puertas por primera vez. Dos razones se impusieron entre las versiones populares: la estructura de cristal convertía el interior en un invernadero, lo que disparaba los costos del aire acondicionado y hacía inviable el negocio; y la dificultad para encontrar estacionamiento en la zona desalentaba a los visitantes.
El edificio permaneció en el olvido durante más de dos décadas, hasta que en 2016 un grupo de empresarios intentó revivirlo instalando un casino en su interior. El proyecto, sin embargo, no prosperó y el espacio volvió a cerrar.
Un testigo mudo de la historia juarense
Hoy, el Edificio Gardié sigue en pie, como un testigo mudo de la historia de Ciudad Juárez. Su forma singular continúa atrayendo miradas y despertando nostalgia entre quienes recuerdan sus años de gloria. A falta de inversión y de un proyecto que logre sostenerse, «La Bola de San Lorenzo» espera, quizás, un nuevo intento que le devuelva la vida que alguna vez tuvo